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Julio 4 2005
Sobre la independencia de Colombia En el año de 1811 Estados Unidos de Norteamerica, promulgó una serie de leyes para impedir toda clase de auxilios a los patriotas granadinos. Una de ellas decretaba diez años de presidio y diez mil pesos de multa a todo ciudadano en Norteamérica que quisiera proteger la causa de los independientes suramericanos. Según palabras del propio Bolívar, estas leyes inexorables equivalían a declarar la muerte a los que simpatizaran con nuestra revolución. Estas leyes estaban aún vigentes para el año 1819, ocho años después de haberse firmado nuestra declaración de independencia. En 1818 se presentó un suceso en extremo interesante, dos goletas, la Tigre y la Libertad, provenientes de EE.UU., entraron por el Orinoco. Bajaban por la región de Angostura para abastecer de armas y alimentos a los realistas (1). En esa zona se preparaban serios combates y el Libertador había decretado un bloqueo, el cual hizo público a todas las naciones del mundo. Las dos goletas haciéndose las inocentes pretendieron burlar nuestras fuerzas; pero fueron apresadas y se les confiscó todo lo que llevaban. Debemos recordar que Bolívar era invariable y severo en todo lo que concernía a nuestra soberanía y a nuestra dignidad como hombres. Incluso hubo momentos en que desafió al propio cielo, porque algunos creían ver en los fenómenos naturales la causa de alguna oposición a sus ideales de libertad. El honor era esencial para su sentido de la vida. La precaria condición de nuestros pueblos al respecto lo mató prematuramente. En sus últimos años, viendo al país destrozado por las miserias y las estridencias de los partidos, exclamó: "En América no hay dignidad y tengo vergüenza de llamarme americano". Pero volvamos al tema de las goletas norteamericanas. Al saber los yanquis que habían sido detenidos los buques, pidieron a través de su agente en Venezuela una inmediata indemnización. Se consideraban heridos en lo más profundo de su dignidad, porque habian perdido dinero ya que los españoles colocaron como condición de pago la entrega real del armamento; y la justicia de ellos puede perdonar un crimen, pero jamás perder en un mal negocio. Así pues, interviene el agente norteamericano cuyo nombre era Bautista Irvine; su lenguaje es quejoso y acusa de ilegal y abusivo el apresamiento de los buques. Exige explicaciones. Se desata entonces un intercambio de correspondencia donde Bolívar asume el caso con todas las de un jurista experto en asuntos internacionales. El argumento principal que esgrime Irvine es que se le ha hecho daño a los neutrales. En este caso al gobierno norteamericano, quien ha declarado al mundo que no tiene interés alguno en participar en nuestra contienda con España. Bolívar no deja esperar su contundente respuesta: ¡Neutrales! quienes han intentado y ejecutado burlar el bloqueo y el sitio de las plazas de Guayana y Angostura, para dar armas a unos verdugos y para alimentar a unos tigres, que por tres siglos han derramado la mayor parte de la sangre americana. ¡Sangre de sus propios hermanos! En esto último debemos reconocer que Bolívar utiliza un argumento ineficaz a la sensibilidad del norteamericano, ellos jamás se han considerado nuestros hermanos. Mover estos resortes era del todo inútil, como veremos más tarde(2). Irvine replica diciendo que ellos desconocían el bloqueo. Aquí Bolívar lo sorprende en flagrante mentira. Le aclara que en la Gaceta de Norfolk (en EE.UU.), del 6 de enero de 1817, había sido publicado el estado de bloqueo a dicha zona. Que el buque Tigre no zarpó hasta el 17 del mismo mes y que este argumento -ratifica el Libertador- es por sí bastante para declarar a la Tigre como buena presa. Desde el momento en que este buque -le escribe el Libertador- introdujo elementos militares a nuestros enemigos para hacernos la guerra. violó la neutralidad, y pasó de este estado al beligerante: tomó parte en nuestra contienda a favor de nuestros enemigos, y del mismo modo que, si algunos ciudadanos de los EE.UU. tomasen servicio como españoles, estarían sujetos a las leyes que practicamos contra éstos; los buques que protegen, auxilian o sirven su causa deben estarlo y lo están. Casi al final de este documento -del 6 de agosto-, que consta de unas seis densas páginas, Bolívar arremete: ¿No sería muy sensible que las leyes las practicase el débil y los abusos los practicase el fuerte? Tal sería nuestro destino si nosotros sólo respetásemos los principios y nuestros enemigos nos destruyesen violándolos. Aquí Bolívar nos revela una fuerza de predicción tremenda con respecto a la política del Norte. Nada más cierto eso de que EE.UU. siempre exige cuando le conviene el cumplimiento de las leyes, pero se ríe en las mismísimas barbas del débil el día que las viola Todavía está fresco en Latinoamérica su inaudito apoyo al Imperio Británico en el caso de las Malvinas. Sin duda que bajo las órdenes de Bolívar se podía confiar; era Bolívar de esa clase de hombres que jamás dejaba a sus compatriotas en la estacada; que llevaba hasta las últimas consecuencias la defensa de su dignidad, la integridad de su hombría, que entonces era representación de la virilidad de todo un continente. El agente Irvine no cesa en sus contrarréplicas. A mediados de agosto responde al Libertador. Dice que los comerciantes neutrales no deben abandonar su profesión por hacerse partidarios políticos. La mente de Bolívar, siempre en ebullición estalla: Si es el libre comercio de los neutros para suministrar a ambas partes los medios de hacer la guerra, ¿por qué se prohíbe en el Norte que se nos ayude? ¿Por qué a la prohibición se le añade la severidad de la pena, sin ejemplo en los anales de la República del Norte? ¿ No es declararse contra los independientes negarles lo que el derecho de neutralidad les permite exigir? El agente Irvine calla por unos días. Por el modo que responde se ve que no lee cuidadosamente los argumentos de Bolívar. Tal vez está convencido que para triunfar nada más fácil que insistir una y mil veces en los planteamientos primeros de la discusión: declarar ilegal el apresamiento de los buques y exigir una inmediata indemnización. Pero estos trucos no van con Bolívar. A cada lamentación el Libertador lo pone en su lugar, ya sea con argumentaciones que muestran un profundo dominio de las leyes internacionales, como con el valor y el derecho natural de los pueblos a defender su libertad. Poco a poco el agente va perdiendo fe en sus reclamaciones; pero su terquedad y el verse humillado por la razón del jefe venezolano le hacen tomar un camino lo más extraño. De pronto cae en un terreno vulgar, de burlas y despechos. Dice que los independientes no tienen poder suficiente para imponer un bloqueo, que nuestras fuerzas militares son insignificantes, sombras de sombra. Sombras de sombra son palabras textuales del agente yanqui. En resumen, que nuestro ejército es incompetente, exiguo y hasta risible. Bolívar lo detiene diciéndole que no va a caer en ese terreno de bajos insultos; que no habiendo acuerdo entre los dos era preferible someter el caso a unos árbitros y que ellos decidieran. Que ha decidido suspender la correspondencia con él para que no degenere en farsa. No me atrevo a creer -le dice Bolívar- que sea el objeto de Ud. convertir en ridículo una conferencia seria por sí misma y por las personas que la tratan (3). Entre las burlas del agente Irvine que más nos llaman la atención está la expresión caballería nadadora. Asegura el Libertador que en su ejército existe una división con ese nombre. El yanqui no sabe si le habla en serio o le toma el pelo. Esa caballería nadadora, según el propio Bolívar, había realizado proezas inauditas. Se lanzaban a caballo a ríos caudalosos como el Caura, el Caroní y el Apure para abordar y abatir buques enemigos. A Irvine le parece que esto es lo más ridículo que ha oído en toda su vida. El hecho es en sí mismo muy interesante porque revela la extraordinaria imaginación del Libertador, siempre lindando con lo poético, a la vez que pone de manifiesto la árida mente del yanqui restringida a menesteres habilidosos y prácticos. En efecto, esas imposibles caballerías de río existieron e incluso fueron las que dieron una fama tremenda a nuestro caudillo José Antonio Páez. No era la primera vez que un extranjero pretendía burlarse de hazañas extraordinarias realizadas por nuestros patriotas durante la guerra de independencia. Por ejemplo, el biógrafo de Bolívar, Loraine Petrie, nos dice que en la emigración de toda Caracas, el año 14, el Libertador, a pesar de la desesperada situación de su empresa, consideró el envío de un agente para inaugurar las relaciones de Venezuela con Gran Bretaña. ¡Esto -dice Petrie- en un tiempo en que la República estaba en las últimas! Hay algo -añade-, mezcla de ópera cómica, que parece inseparable de muchas cosas suramericanas. No sabemos en qué ve este señor lo grotesco. Harán ópera cómica los que no están poseídos de una verdad total y absoluta como la de Bolívar, los que divagan y no hacen nada, los que amenazan sin fuerza moral, los que carecen de coraje y babean en las plazas públicas un lenguaje rancio de peleas miserables y locales. Queremos aclarar un poco más el asunto de las caballerías nadadoras, ésas que movían a risa a Irvine. Lo haremos en expresiones de un escritor inglés que quedó profundamente maravillado por sus relatos. Refiriéndose Cunninghame Graham a las proezas de estos llaneros "que con lanzas en 'Os dientes desafiaban caimanes y abordaban buques y flecheras" dice: probablemente es la primera vez en la historia que una caballería diese una escaramuza en el agua. Solamente hombres como los llaneros de aquellos días montados en caballos acostumbrados a las exigencias de seis meses de inundaciones de la región, podían echarse al agua como perros de Terranova para realizar semejante hazaña. Finalmente Bolívar concluye el asunto con Irvine advirtiéndole que con el gobierno de Venezuela no se juega. Que si no somos tan poderosos en cantidad de armamentos y soldados, la habilidad y el valor suple con creces esas deficiencias. Que se ha visto con frecuencia un puñado de hombres libres vencer imperios poderosos. Que es lo mismo para Venezuela combatir contra España que contra el mundo entero, si todo el mundo la ofende (4). Van implícitas en estos argumentos de Bolívar las ideas morales de Tolstoi y de Gandhi sobre los conflictos bélicos. Aunque estos dos humanistas eran severos pacifistas, aseguraban que la guerra la ganaba quien contase con más fuerza moral, con más seguridad en sus derechos y principios. Concluimos este apartado historico diciendo que fue para el Libertador tan enojoso este asunto de los yanquis que jamás lo pudo olvidar. A finales de 1825 llamaba a los yanquis regatones americanos. Regatón, como se sabe, significa vendedor al por menor, persona que regatea mucho. También es famosa su frase que "los norteamericanos, en nombre de la libertad, estan llamados a plagar de terror al resto del mundo". Finalmentedirá el Libertador de los yanquis: "Aborrezco a esa canalla de tal modo que no quisiera que se dijera que un colombiano hacía nada como ellos". Recuérdese que cuando dice colombiano se refería a los habitantes de la Gran Colombia, país que comprendía a Venezuela, Ecuador, Colombia y lo que hoy es Panamá.
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